martes, 28 de octubre de 2008

Excursión en bici por los alrededores de Weimar

Los domingos son días para evadir la rutina.

El domingo pasado fue Buchenwald y esta vez ha sido una excursión en bici por los pueblos vecinos de Weimar. Tengo suerte que los fines de semana está haciendo días muy buenos, porque entre semana suele llover.

Como descubrí este pasado verano en mi pequeño viaje por algunos países de Europa, en Centroeuropa y Países Escandinavos hay un montón de cicloturismo. Esto significa que hay infinidad de rutas de bici, más y menos largas, marcadas por todo el territorio nacional. En España eso también existe, está claro. Pero creedme que la afición que hay aquí y la cantidad de rutas es bastante mayor.

Fue en un folleto turístico sobre el Weimar Land donde pude ver las 5 o 6 rutas para bici que pasan por esta ciudad, además de algunas otras rutas a pie. Una de ellas, la Feininger-Radweg, es circular y no demasiado larga (28km.). Radweg significa carril bici y Lyonel Feininger fue un pintor cubista medio alemán medio americano que residió aquí y formó parte de los principios de la Bauhaus. Pero dejando esto de lado, pues yo solo quería ir en bici a cualquier parte sin que me comieran la olla con rutas preestablecidas superculturales chachipirulis (y que conste que el cubismo es una de las vanguardias que más me gusta), me busqué en Internet desde donde empezar la ruta y allí estuve ayer a las 10 de la mañana.

Fui avanzando por un carril de asfalto que pronto se convirtió en uno de tierra lleno de hojas de arce. Al lado, también en dirección sur, la Belvedere Allee (avenida), y más a la izquierda el parque del Ilm.

Al poco estaba atravesando Ehringsdorf (un pueblillo donde, por cierto, también tienen su propia birra) y, sin haber visto ninguna señal de itinerarios para bicis, me topé, de frente, con un testimonio de la historia reciente de Alemania.

(1) Tras una verja de metal con una gran estrella roja de cinco puntas y otra con el martillo y la hoz, descansan los cuerpos de más de 2000 soldados soviéticos. Esté singular cementerio fue fundado el 30 de abril de 1946 por la administración militar soviética. Quizás era más barato enterrar los cuerpos aquí que trasladarlos a su tierra natal. El cementerio está diferenciado en grandes lápidas donde figuran los nombres de varios soldados y otras que tienen solo el nombre de uno. En este último caso seguramente se tratase de mandos militares. Pocas de estas últimas lucen mármoles nuevos o limpios, con inscripciones legibles o incluso fotos. Las demás restan olvidadas, inclinadas y sucias. Como curiosidad: Jorge Semprún estrenó aquí una obra de teatro en el 95.

Este cementerio está dentro del Schlosspark Belvedere, un parque gigantesco que también sigue el curso del Ilm. Esta vez a su paso por el Belvedere Schloss (2), un “palacio de verano” barroco de 1732 que se lo hicieron construir los duques de Sajonia-Weimar para recrearse en su riqueza y hacer fiestas. Con jardines a lo británico, un pequeño laberinto de arbustos, un invernadero (Orangerie), etc.

Seguí avanzando de forma intuitiva hacia el interior del parque y en dirección al Ilm. En algunos momentos dudé si eso era un parque o un bosque, pues a pesar de que los senderos están demasiado bien señalizados como para serlo, la cantidad de vegetación, diversidad e incluso fauna es sorprendente. En este lugar, cruzando el río por un puentecillo de madera y subiendo a un pequeño montículo de tierra (3), hice un alto en el camino para comer un poco de pan con salchichón. Desde allí veía a la gente pasear, se notaba que era domingo, pues había mucha gente.
Sin demorarme mucho, pues el frío aprieta cuando uno está parado, volví a subirme a la bicicleta. Crucé de nuevo el río y seguí a la derecha, pues en esa dirección creía que iva a encontrar algo… no sé, una señal. Pronto vi coches aparcados en los arcenes de una carreterilla y fui hacia ella. Seguí la carretera en la dirección que creía que me alejaba de Weimar, más al sur, para que nos entendamos. Otras cosas no, pero considero que tengo buena orientación. Y la verdad es que cuando atisbé el cartel del siguiente pueblo, Vollersroda, que ciertamente estaba más al sur, dí gracias por tener esa virtud.

(4)Por dicho pueblo se suponía que tenía que haber pasado con la ruta de Feininger. Así que en ese momento se me planteaba coger la ruta hacía la derecha o hacía la izquierda (recordemos que la ruta era circular) para volver a Weimar. Decidí seguir la ruta hacia el sur y luego a la izquierda, pasando de esta forma por el pueblo de Buchfart.

(5) En verdad la ruta no pasa por mitad del pueblo, sino que lo ladea. Pero yo quise entrar y echar un vistazo. En este pequeñísimo pueblo que no alcanza los 200 habitantes, hay un puente de madera con tejado, como si fuera una casa. Dicho puente data del 1613 y la “casa” se construyo en 1816. Pasado el puente se veía un edificio de piedra con un viejo molino de agua. Y finalmente, tomando como referencia el campanario, llegué hasta la pequeña capilla del pueblo. Todo tenía un aire de antaño, un pueblo de esos donde parece que el tiempo pasa más despacio para ellos.






Retomé la ruta y cuatro kilómetros más tarde llegué a Oettern (6), otro pueblo pequeño de casas de piedra y vigas de madera. Esta vez sus habitantes parecían dedicarse a los trabajos del campo y a la ganadería. Veo por primera vez vacas de las Highlands, esas curiosas vacas de pelaje marrón y largos cuernos. Y hay muchas señales de tráfico que aluden al hielo y a la nieve, así que imagino que en este lugar debe permanecer la nieve largo tiempo. Ya saliendo de allí me encuentro con un divertido merendero con animales hechos de madera para que jueguen los niños. Seguramente mientras sus padres se ponen finos de bratwursts y cerveza.

Vuelvo a la ruta, cruzo por debajo de la autopista y llego al final del carril bici. Miro por todos lados pero ni una indicación. Callejeo un poco por esta zona a las afueras de Mellingen (7)y encuentro una señal. Al poco veo unos ciclistas en dirección contraria y rápidamente encuentro el camino de vuelta a Weimar. Descubro que por aquí es por donde debí ir para empezar la Feininger-Radweg por la mañana, pero bueno, si así lo hubiera hecho, me hubría perdido el cementerio soviético.


Antes de terminar mi jornada ciclista, el destino (o la suerte) me guardaba otra sorpresilla en el parque del Ilm. (8) Allí descubrí dos cuevas que no había visto antes. Bastante amplias y oscuras por dentro. Parecen haber sido creadas de forma natural y se asemenjan a auténticas entradas de dungeon. A una le han hecho una entrada con columnas y dintel a modo de puerta camino a las profundidades de la tierra. Muy chulas.

Finalmente, agotado después de estos 24 km en bici, pero más contento que unas pascuas, vuelvo a casa. ¡Hacer deporte, aprender, la naturaleza, viajar y descubrir nuevos sitios!¡Cinco de mis cosas favoritas en un solo acto! ¿Que más se pude pedir?

Bonus: Como soy un friki, he hecho un mapa de la ruta que acabé haciendo el domingo. Los números concuerdan con los que he ido poniedno a lo largo del relato. jajjaja!! Anda ke no tengo tiempo libre!

1 comentario:

mariana dijo...

Gracias a las excursiones domingueras de Juanka me puedo quedar un día tranquila en casa enganchada al ordenador y comiendo galletas y porkerias. Cada uno disfruta del día de descanso a su manera xD