domingo, 7 de diciembre de 2008

Buchenwald cubierto de nieve

El monte Ettersberg era uno de los sitios predilectos de Goethe. El genio de la literatura universal amaba los paseos por Buchenwald. Contemplaba las maravillas de este bosque y acostumbraba a meditar bajo un roble. Lógicamente eso pasaba mucho antes de que el partido Nazi convirtiera aquel maravilloso sitio en un lugar maldito.

Dos son las cosas que me conducen a hacer excursiones allí. Me reencuentro un poco con la naturaleza y aprendo historia.

El pasado Miércoles, el día 3, volví a ir. Pero lejos de hacer una excursión muy parecida a la anterior, esta vez fui con bicicleta. Además últimamente ha nevado mucho y estaba todo completamente blanco, sin duda muy distinto a como lo pude ver la vez anterior.

Partí como a las 12 del mediodía, el cielo gris amenazando lluvia o nieve, como casi cada día desde hace ya unas cuantas semanas, y el suelo mojado, helado y con restos de la última nevada. Como equipo mi bici encontrada, dos pares de guantes, chaqueta de invierno, gorro, braga de motero, dos pares de calcetines (parezco el muñeco de Michelín) y una mochila con la cámara de fotos, agua, un par de mandarinas y algunas avellanas.

Subí dirección norte, hacia Ettersberg, primero junto a la calzada de coches y luego, cuando se terminó el carril bici, por ella. Por suerte pasados los primeros kilómetros, conforme te vas alejando de la ciudad, ya casi no pasan vehículos. Es todo el rato subida, no demasiado pronunciada, pero sí 5 o 6 km. sin descanso, y, con mi bici sin platos ni piñones, llegué arriba bastante hecho polvo. Pero bueno, entre eso y la adversidad de estar rodeado de nieve y frío (debía hacer unos 4 grados o por ahí) me sentí como cuando uno hace un ascenso por una montaña nevada. Tu cuerpo no solo está ejecutando un duro ejercicio físico, sino que también está luchando contra el frío. Estubo bien.

Pensaba obtener un poco de alivio al girar a la izquierda y seguir hasta el campo de concentración pasando por la “Blutstrasse”, pero aunque la pendiente ya no era tan pronunciada, la bicicleta se negaba a conseguir un ritmo fijo en el que pudiéramos ir avanzando fácilmente. Así que nada, volví a levantarme del sillín y seguí mi particular lucha contra Ettersberg nevado. Un entorno tan maravilloso como duro.



Tenía intención de dejar la carretera e ir, como en la excursión anterior, por el camino de la vieja línea de tren, pero había como unos 40cm. de nieve, así que imposible.

Pronto llegué a la curva donde está el Monumento a Buchenwald. Orientado hacia Weimar y constituido por una gran torre cuadrada de piedra y una escultura que representa un grupo de presos liberados, este monumento nos recuerda lo que allí se vivió para que no vuelva a repetirse jamás.


Siguiendo unos 500 metros hacia adelante por la carretera llegué a la entrada del campo de concentración. Por donde accedían los presos, por El Camino del Carajo, no por donde entra ahora todo el mundo, que es donde aparcan los coches y los autobuses.


Como casi todo lo que hay que contar sobre el campo de concentración de Buchenwald, en dicho camino ocurrió un incidente horroroso. En el tren de presos llegaron chicos judíos de entre 8 y 16 años, pasajeros inesperados. Los guardias se miraron entre sí. Tenían tanto trabajo que deshacerse de ellos con los medios que empleaban habitualmente con los mayores, un balazo en la cabeza, trabajos forzosos, hambruna o experimentos médicos, iba a ser agotador. Decidieron entonces que fueran en fila por la calle que va desde la estación a la entrada del campo, El Camino del Carajo (nombre que, en alemán, asocia violencia, ruido y golpes). Entonces soltaron a los perros. Los más pequeños cayeron primero, desgarrados por los colmillos. Los más grandes corrieron hasta donde pudieron intentando huir de los perros que habían sido entrenados para acometer contra quien les fuera mandado. Quedaron dos chicos con vida, pero recibieron de inmediato tiros de gracia mientras, ya acallada la jauría, otros tiros paralizaban todo aquello que, retorciéndose de dolor, aún se moviera.

Seguí adelante, pasando por al lado de algunas de las pocas casernas y edificios que quedan en pie, y llegué a la puerta del campo de reclusión. En dicha puerta, hecha de hierro forjado, en letras mayúsculas de unos 20 cm. de alto, aún se conserva una inscripción que se lee desde dentro “Jedem das seine”. Expresión equivalente a “a cada uno lo suyo”.



A lado y lado de esta puerta, rodeada por dos casernas y una torre vigía en su parte superior, empieza una valla de púas electrificada que rodeará todo el perímetro de barracas de madera donde dormían los presos. Detrás de la valla un camino de ronda y varias torres de vigilancia. Y más allá casas y edificios de las SS.

Ver la valla, entrar dentro, estar en el lado donde estuvieron esos presos e imaginarse allí encerrado, desposeído de todo, casi o incluso de la propia dignidad, es una sensación horrorosa y desagradable. Casi se puede sentir una opresión en la garganta.



Además el miércoles hacía mucho frío y viento. Todo nevado y mojado. Pensar que alguien tuvo que padecer todas esas adversidades, pesando 35 kg., casi sin ropa, sin apenas comida y teniendo que hacer trabajos forzados… es algo que supera nuestra capacidad de raciocinio.

Dí una vuelta por dentro del campo de reclusión, la bicicleta a un lado y yo tirando de ella. Al poco ví pisadas de alguna clase de zorro, u otro animal salvaje, hendidas en la nieve, eran pequeñas. Provinentes del bosque y que se adentraban en el campo por una parte donde ya no hay valla. Parece que el animal ignoraba que aquí ya no queda nada. Un terreno con algo de pendiente, totalmente vacío. Sólo una reconstrución de una de las barracas de madera resta en pie en uno de los laterales del campo.


En estas barracas de 53m. de largo y 8m. de ancho, dormían entre 180 y 250 reclusos. Había más de 30 edificios así, pero todos fueron demolidos por los bombardeos de los aliados.

Hice alguna foto más y salí de allí. Pasé entre algunas de las casas de los de las SS, de las que, curiosamente, sí que quedan bastantes de pie. Allí, en un banco, descansé un poco, comí algo y me preparé para el regreso a casa en bici.

Buchenwald fue un campo de concentración, pero no de exterminio. En varias ocasiones fueron enviados gran cantidad de presos a Auschwitz o Mauthausen, donde se desharían de ellos. Aquí se obligaba a trabajar a los presos en la cantera y otros tantos eran usados para experimentar con ellos, tanto en "medicina", como en armamentística.

La vuelta a casa, prácticamente todo bajada, se hizo mucho más liviana, apenas sin pedalear. En 20 o 30 minutos recorrí lo que había tardado más de una hora en subir.

Una vez más no visité el museo del memorial, solo los exteriores, quizá algún día vuelva y lo visite. Pero con lo visto, y lo leído a posteriori, creo que tengo suficiente. Un apunte curioso y que hasta a mí mismo me da escalofríos pensar es que en esta segunda visita el lugar me impactó menos. Esta claro, ya lo había visitado hacía poco, pero quedaros con el hecho de que alguien pueda llegarse a acostumbrar con la visión de tal horror. Que en su vida eso llegara a ser cotidiano.

Como he dicho, muchos miembros de las SS vivían aquí, con sus familias en muchos casos. De hecho allí arriba sigue viviendo gente, los herederos de esas familias supongo, o de las de los soviéticos que las ocuparon después. Pero hubo niños que nacieron allí, que crecieron allí… ¿que clase de moral y conducta humana aprendieron? Con cinco años de vivir allí muchos debieron incluso llegar a pensar que eso sería de por vida…

Un mapa del campo de concentración de Buchenwald. Los edificios en rojo son los que aún hoy están de pie. Todos los otros de color gris fueron derruidos. El edificio rojo de arriba a la izquierda, noreste, es el barracón de madera del cual os he puesto una foto.

Posts relacionados:

Primera visita a Buchenwald

+ info:

http://www.memoriales.net/topographie/Alemania/buchen.htm
http://www.buchenwald.de/index_en.html
http://www.scrapbookpages.com/buchenwald/Buildings.html

2 comentarios:

Moisés Márquez dijo...

Que horror!

No conocía esa historia. Pero por muy escalofriante que parezca lo peor es que escuchas comentarios de gente hablando de lo que "deberían" hacer con los inmigrantes y no se aleja demasiado. Muy triste

Jose Maria dijo...

Hoy ya puedo irme a dormir habiendo aprendido algo...sin palabras.

Un abrazo manito.